parte 2

Neisi sonríe con estos recuerdos. “Después tuvimos un pastor alemán, que yo quería mucho. Un día parece que alguien lo atropelló, y lo dejó a la orilla del río. Pasamos toda la tarde buscándolo y cuando lo encontramos no dejé de llorar por varios días”.

--“Era imposible de consolar” coinciden todos los hermanos, “lloraba día y noche”. 

--“Igual sucedió con la muerte de Pelusa” dice Angie, “Aunque ya tenía muchos años, Neisi no levantó cabeza durante largo tiempo”.

--“Ahora que lo pienso bien es por eso que me gustan los animales, por estar rodeada de ellos en mi infancia”.


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La muerte de una mascota querida configura un trauma que pocas veces se registra en la conciencia o en la conversación. Es como si el lugar que un animal ocupa en el corazón humano fuese descalificado de antemano, como si el afecto hacia lo no humano no tuviera lugar, o no fuera valorado en el pensamiento y la sociedad contemporánea. El autor Mark Alizart intenta precisamente responder a ese tipo de preguntas en su libro reciente Dogs: A Philosophical Guide to Our Best Friends (Una guía filosófica sobre los perros, nuestros mejores amigos, 2019). Alizart señala que los perros fueron venerados en la antigüedad, y vistos como semidioses. Esto debido a que configuran una clase de animales que se sitúan entre los reinos humano y animal, como una suerte de embajadores entre la cultura y la naturaleza. En la mitología egipcia y griega, los perros (Anubis, Cerbero) se asociaban con las fronteras entre el mundo de los vivos y el de los muertos y hoy en día, cuando nuestra relación con la naturaleza se ve en peligro, la presencia de los perros nos permite pensar en la necesidad de reestablecer una relación armónica con la naturaleza, de convivir, en términos enriquecedores, con lo radicalmente distinto a lo humano, con lo animal. De hecho, el llamado de lo extraño y extranjero se mezcla en Neisi con la tenencia de animales: --“Me sorprende en los viajes ver a los perros de otros, cómo viven”.



Una vez que Neisi se inició en las pesas, y debido a las dificultades económicas de su familia, decidió aceptar la invitación de Walter Llerena de unirse a un pequeño grupo de pesistas pre-juveniles que se preparaban para tomar por asalto el deporte ecuatoriano. Walter acogió a un grupo de jóvenes, niños y niñas, en casa de sus padres (pioneros en la halterofilia ecuatoriana, que habían introducido este deporte al país en la década de los 50 del siglo pasado) y allí inició un proceso de entrenamiento (que incluía un régimen disciplinado de estudios y alimentación) que desembocó, pocos años más tarde en que Pastaza se proclamara campeón nacional de pesas.


La transición de casa de su madre, Orfelina, a la casa de los Llerena fue significativa, había una rutina rigurosa en marcha, muchas personas nuevas con quienes entablar relaciones, aunque el cambio fue acompañado por la presencia de varios perros poodle en casa. Blacky, Peque, Benji y Pelusa se convirtieron rápidamente en infaltables compañeros de juego de Neisi, en interlocutores permanentes con su nueva vida. Pasaron los años, y los triunfos de Neisi se multiplicaron de manera sorprendente: campeona infantil nacional, luego sudamericana, campeona pre-juvenil nacional, luego sudamericana y panamericana, tres veces campeona mundial juvenil, diploma olímpico en Río de Janeiro (una distinción poco conocida, que se otorga a los 8 primeros lugares de cada competencia) con apenas 17 años… para cualquier persona que prestara atención, el ascenso de Neisi en su propio deporte ponía una medalla olímpica a su alcance, más temprano que tarde…Pero en un país como el nuestro, en que la 

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